Una noche larga en Florida, Stanford pelea, resiste, pero cae ante unos Seminoles que defendieron su territorio

0
f

Santa Clara, CA La cancha de Florida State fue un escenario iluminado, ruidoso y hostil. Para Stanford, fue también un lugar donde el esfuerzo no alcanzó, donde cada intento de reacción chocó contra un muro de piernas frescas, presión constante y una energía local que nunca se apagó. Los Seminoles hicieron valer su casa y se llevaron una victoria de 88-80, en un partido que dejó a los Cardinal con la sensación amarga de haber luchado hasta el final, pero regresar con las manos vacías.

Desde el salto inicial, el partido se sintió cuesta arriba para Stanford. Como un equipo que intenta remar contra la corriente, los Cardinal nunca lograron imponer su ritmo en la primera mitad. La transición ofensiva fue lenta, forzada, y por momentos inexistente. El balón no fluía; se detenía, se estancaba, como si pesara más de lo normal. Florida State, en cambio, parecía moverse con un mapa invisible en la cancha, sabiendo exactamente dónde colocarse y cuándo atacar.

Los Seminoles construyeron su ventaja con inteligencia y agresividad. Defendieron con disciplina, cerraron líneas de pase y obligaron a Stanford a pensar demasiado cada posesión. En ofensiva, atacaron los espacios vacíos con velocidad, penetrando con decisión por ambos costados, rompiendo la defensa y provocando faltas cerca de la canasta. Cada amonestación fue una pequeña herida, cada tiro libre un recordatorio silencioso de que el desgaste se acumulaba. Florida State corría sin cansarse, mientras Stanford parecía perseguir sombras.

Había momentos en los que el juego se sentía predicho, como si los Seminoles conocieran de antemano cada movimiento del rival. Se posicionaban en zonas libres, atacaban tras el rebote ofensivo y castigaban con segundas oportunidades. Stanford intentaba reaccionar, pero siempre llegaba un paso tarde. El primer tiempo se fue como se va un tren perdido: con la sensación de que algo importante se escapaba sin posibilidad de detenerlo.

En medio de ese panorama gris apareció Ebuka Okorie, la luz solitaria en una noche nublada. El joven talento de Stanford volvió a cargar con el peso ofensivo del equipo, anotando 26 puntos que fueron más que números: fueron resistencia, orgullo y esperanza. Okorie atacó con valentía, corrió la cancha con velocidad y mostró visión para crear juego cuando todo parecía cerrarse. Sin él, la diferencia habría sido mayor; con él, Stanford al menos tuvo algo a lo que aferrarse, como un faro en mar abierto.

El descanso llegó como un suspiro necesario. En el vestidor, Stanford ajustó, habló, corrigió. Y al regresar a la cancha, el equipo mostró otra cara. El segundo tiempo fue distinto: más orden, más energía, más pelea. Los Cardinal recuperaron zonas perdidas, defendieron con mayor agresividad y encontraron mejores opciones ofensivas. El partido se volvió una batalla abierta, golpe por golpe, posesión por posesión. Ambos entrenadores movieron sus piezas, buscando respuestas en el fondo de la banca, intentando cambiar el destino con nuevos nombres y piernas frescas.

La segunda mitad terminó empatada 47-47, un reflejo perfecto del esfuerzo de Stanford por no rendirse. Pero el daño ya estaba hecho. La ventaja construida por Florida State en el primer tiempo fue como una grieta profunda: aunque Stanford intentó repararla, nunca logró cerrarla por completo. Cada intento de acercarse fue respondido por los Seminoles con una canasta o una falta provocada, como si el tiempo siempre jugara en contra de los visitantes.

Esta victoria fue un respiro para Florida State, un triunfo que los ayuda a reencontrarse con su identidad dentro de la ACC y a creer de nuevo. Para Stanford, en cambio, la derrota pesa. Pesa porque llega en un momento crítico, porque los márgenes se reducen y porque el camino al March Madness se vuelve cada vez más empinado. Estos son los partidos que definen destinos, los que separan a los equipos invitados de los que se quedan mirando desde casa en marzo.

Perder de visitante ante un rival que aún busca consolidarse duele más de lo normal. Es una derrota que no solo afecta el récord, sino también el ánimo, la confianza y el margen de error. Stanford sabe que ya no hay mucho espacio para tropezar. Cada partido fuera de casa es ahora una prueba de carácter, una final anticipada.

El calendario no concede descanso ni consuelo. Este miércoles, los Cardinal regresan a casa para recibir en Maples Pavilion, en Palo Alto, a los Tigres de Clemson, segundos en la división de la ACC. Será un duelo cargado de presión, donde ganar no es un lujo, sino una necesidad. Para Stanford, ese partido representa una última lámpara encendida en un pasillo oscuro. Perder sería dejar que la noche se alargue aún más; ganar, quizás, sea el primer paso para volver a ver la luz en el horizonte de marzo.

Photo Credit: NCAA, Florida State University

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *